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El estacionamiento de la Delegación - Los Locos

martes 23 de diciembre de 2008
COLECCIÓN DE CUENTOS ESCOMBRISTAS
LOS LOCOS
DENECK INZUNZA ROMERO
ESTRIALUZ, Mx., 2000.


"Por donde los personajes se regresan a la autopista eludiendo a los federales ahora se construye "el" distribuidor vial"

DI. Reedición electrónica.

Nueva nota de Deneck:

"Ya lo acabaron, mal, lo pintaron de azul, tiene grietas. El cuento es malísimo".


EL ESTACIONAMIENTO DE LA DELEGACIÓN


Nadie sabía que volveríamos a aparecer, pero lo temían, la posibilidad estaba en lo más profundo de sus temores. Sin embargo, sólo nosotros sabemos que volvimos a aparecer porque nadie más lo supo… Creo. Los federales lo supusieron mientras nos perseguían, pero nunca pudieron constatarlo.

Teníamos una prohibición para conducir, por lo que últimamente nos movíamos por las ciudades del Bajío en autobús. Ese día fuimos a… (esa ciudad) para recoger un paquete con compact discs que un amigo que sabía demasiado (y que tiempo después fue muerto misteriosamente para sacarle unas fotos) nos había dejado en el interior de un auto en el estacionamiento de la delegación estatal de cierto organismo federal. Yo conocía bien el estacionamiento porque unos años antes lo visitaba por lo menos cada tercer día. Entonces nos fuimos en autobús hasta esa ciudad y decidimos caminar desde la central hasta la calle del centro en que quedaba el estacionamiento de la delegación, como a unas dos o tres cuadras de la plaza. Traíamos otros encargos de esa ciudad porque era estúpido viajar casi tres horas (de tener suerte, cuando en carro de hace una hora y minutos) sólo para recoger tres compacts de la guantera de un automóvil. Terminamos estos encargos (entre los que se encontraba ir a pasar factura a un restaurant de pizzas y cobrar la comisión por clientes enviados a una tienda de discos) y por fin, después de pasar algunos minutos en la plaza para matar el aburrimiento (aunque nos llegó de más), decidimos ir hacia el estacionamiento de la delegación. Eran casi las doce, medio día.

Entramos y le pasamos al guardia el oficio que nuestro amigo había redactado, él lo vio y nos hizo la seña de que pasáramos mientras nos devolvía el documento. Buscamos el carro donde nuestro amigo nos había dicho que estaría y, cuando lo localizamos, yo fui quien primero sintió la necesidad de probar suerte con el vehículo en la carretera, pero sólo lo insinué para que fuera interpretado… Fue interpretado a la perfección, pero se me delegó la decisión, la cual tomé después de unos cinco minutos (el tiempo de fumarse un cigarro de manera apresurada) y hasta que se me ocurrió abrir el alimentador eléctrico y meter el cassette que estaba fuera del estéreo. Shadows in the Nigth de Pat Benatar, canción más que decisiva tratándose del estacionamiento de la delegación y por derecho de antaño. “Este cabrón sabía que haríamos funcionar el estéreo… Nos está probando”, dije y entonces descubrimos que ese amigo sí sabía demasiado. Apostamos a que el guardia no sabía leer y que por consiguiente no entendía que el documento no nos permitía hacer uso del vehículo oficial, y en efecto, hicimos andar el carro y salimos del estacionamiento con la bendición del empleado de seguridad. Llenamos el tanque de gasolina y después agarramos carretera a no menos de 140 Km/Hr, hasta que comenzaron a perseguirnos. Esa ocasión no había nubes cercanas que prometieran lluvia ni itinerario de viaje, ni siquiera había una proyección más o menos mística por todos los medicamentos que teníamos que meternos (sólo hubo un contacto de esa naturaleza en el estacionamiento de la delegación con la canción de Pat Benatar), por lo que hicimos un viaje relámpago por el corredor industrial del Bajío sin detenernos en las ciudades. Antes de pasar un entronque ferroviario como a unos treinta kilómetros de… (¿Lightcity?) nos percatamos que ya traíamos cuatro patrullas de federales bastante cerca, así que decidimos recorrer “a todo” el trecho y llegar hasta la glorieta de entrada de la ciudad (¿Lightcity?) para dar la vuelta y regresarnos. Creo que esto no les gustó a los federales porque no se lo esperaban. Nos cruzamos sobre el boulevard de salida, nosotros en un carril con rumbo al sureste y ellos aún persiguiéndonos en el carril contrario hacia el noroeste. Pienso que de esa visión fugaz, cuando nos encontramos en sentidos opuestos, ellos supusieron que éramos nosotros, pero no estaban seguros. Y cómo iban a estarlo cuando, al cruzar miradas fracciones de segundo, una mano haciendo una seña obscena dedicada a ellos cubría nuestro rostro.

Regresamos a toda velocidad (a todo lo que levantaba el coche) por el corredor industrial hacia la ciudad de donde habíamos partido. A cada kilómetro veíamos que se aproximaban los federales y en cada entronque se sumaban otros a la persecución que años antes nos hubiese causado euforia, pero que ahora la terapia y los medicamentos nos hacía ver como carente de sentido, por lo que hicimos un par de maniobras en el libramiento de… (ciudadzucha) y otras más en el trébol de varios entronques de esa misma ciudad y logramos sacarles más ventaja a los federales, la cual fueron, nuevamente, acortando, pero no les alcanzó. Entramos a la ciudad de donde habíamos partido por un acceso en sentido contrario de la autopista, el cual quedaba inmediatamente después de una loma, por lo que los federales de caminos que nos perseguían no pudieron vernos. También nos ayudó a ocultarnos un trailer que venía de frente por el acceso y con el cual casi chocamos. Los federales que estaban apostados en el acceso normal nos vieron pasar por debajo del puente de la autopista no muy lejos de donde se encontraban observando cómo sus compañeros seguían derecho hacia el sureste. A pesar de que nos vieron y actuaron rápido, nosotros ya estábamos muy adentro de la ciudad por el boulevard y perdidos en el tráfico. De ahí el estacionamiento de la delegación estaba cerca por las calles aledañas. Llegamos y bajamos la rampa, saludamos al guardia y su gesto indicaba que la había pasado sin sobresaltos, lo que nos aseguraba que ahí todo marchaba bien. Estacionamos el carro en el mismo sitio y yo recorrí el cassette hasta el punto de partida de Shadows in the Night (la que escuchamos nuevamente con cierto cinismo y otro cigarro). Tomamos los tres compacts por los que habíamos ido y salimos caminando del estacionamiento con la bendición del empleado de seguridad, el cual ya se encontraba vestido de civil y tenía su maleta lista para irse a descansar ya que era cambio de turno y sólo esperaba a quien lo relevaría (nos explicó). Unos metros fuera del estacionamiento, en la calle, vimos al reemplazo del guardia, por lo que concluimos que al no existir documento de por medio (el guardia no había recogido el oficio, nos lo había regresado) y al no estar en su puesto el único testigo de nuestra presencia, las averiguaciones que pudiese hacer la autoridad nos daban por lo menos un día de ventaja (hasta este momento han pasado varios años de ventaja). Seguimos caminando con la amnesia liberándose y media cuadra antes de la plaza vimos dos patrullas de la federal de caminos rondando las calles del centro. Llegamos a la plaza para matar el tiempo antes de irnos a la central, y estuvimos puntuales sentados en una banca para observar el despliegue policiaco que se organizó en apoyo a los federales y que suponemos fue en nuestro honor, pero no estamos seguros.













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