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INCIDENTAL - Cuentos de desequilibrio, asimetría y exceso

sábado 27 de diciembre de 2008


colección de cuentos escombristas
cuentos de desequilibrio, asimetría y exceso
deneck inzunza romero
estrialuz, méxico, 1999/2001


"Para Norma... Sigues siendo mi carita pálida, de artista... sigues por las calles con esas ropas ligeras, con una sonrisa cachonda, enferma, perversa, sensual, erótica callosa en tu rostro de tendencias divinas... Yo actué algunas veces más, pero nunca como actué para ti... Norma de mis recuerdos pachecos en el Teatro Principal."




INCIDENTAL


Amaneció antes de las cuatro de la tarde y era raro que despertara antes de dicha hora porque desde hacía algunos años su vida era noctámbula y de lobreguez empedernida. Pero los días de estreno y presentaciones posteriores de las obras donde actuabas se transformaron en una buena medicina para hacerlo que se levantara un poco antes de la hora de la comida, ya que tenía que arreglarse para ir a verte; normalmente las obras hacían su primera llamada cerca de las ocho de la noche aunque él estuviese sentado en la fila principal desde media hora antes. Todo comenzó (¿recuerdas?) una noche en que él patrullaba las calles alternas al centro junto con uno de esos conocidos que la violencia y la locura se llevaron. Tú caminabas por la acera contraria al momento en que te abordó y te sacó plática. Desde entonces sabes que no se ha perdido ni una de tus presentaciones en los teatros de la ciudad; sabías que fue al estreno de la obra a la que lo invitaste, cuando él a su vez te invitó a cenar e hizo un análisis profundo de tu desempeño actoral con una increíble base de conocimiento sobre el arte dramático y sus evoluciones y corrientes, la que consideraste nada acorde con su facha, y sólo le dijiste “sí, sí, otro día, es una promesa, ¿te parece?”. Entonces él no dudó de tu palabra y esperaba que en cualquier otra presentación por fin se fueran a cenar. Sabías, también, que siempre estaba ahí en primera fila y que todas las noches parpadeaba tan sólo lo necesario para evitar el glaucoma y que una piedra podría haberse movido más que su cuerpo cuando seguía con la mirada en el escenario el desarrollo de tu papel, cuando te seguía a ti aunque fueras otra ahí arriba.

Vestías a diario tu colección abundante de vestidos cortos y ligeros de colores claros que hacían proyectarse tu figura idolatrada como dentro de un campo de cuadros por segundo y le venían de manera espléndida al resalte de tu rostro con tendencias divinas, fino y estilizado por la naturaleza, que era perfecto en ausencia de cosméticos pero no menos adorable y exacto cuando los usabas en el escenario, aunque él reprochaba el quehacer del iluminador porque su labor no le hacía toda la justicia que podía alcanzar esa figura que, como deidad material, cada noche, se paseaba por la tarima y el enmarañado de construcciones escenográficas y era de toda su adoración. Cada noche, durante años, él estuvo ahí en su lugar reservado, en los pasillos, en los camerinos, peleando con el director, asegurando la trascendencia teatral que pudiese darte la expresión (y para él era en extremo difícil tener foros de expresión) de su sapiencia en la materia. Sin embargo, cada una de esas continuas y múltiples noches, él se iba al restaurant a donde su esperanza le rasgaba el inconsciente con deseos enfermos de tu presencia, aunque su consciente, demasiado perturbado pero lúcido aún, sabía que no llegarías, que había llegado hasta ahí solo y que solo se iría a patrullar las calles como esa noche en que te conoció; sabía que tú habías decidido postergar nuevamente la invitación a cenar y que habías decidido quedarte con los reflectores de la prensa local que te entrevistaba y con el elenco que se iría a una discoteque a festejar las representaciones que ni él, a esa altura, podía contar con rapidez y claridad después de seis cervezas en la terraza del restaurant.

Una tarde, antes de la función, en tu camerino, tuviste un momento de sensibilidad y te acordaste del tipo que te había abordado una noche cuando ibas a tu casa; y recordaste, de paso, que, según tú, lucías fatal aquella vez porque ibas de pantalón de mezclilla y playera, y según él, eras la representación más gloriosa del personaje de tu persona en el escenario de la calle (te lo dijo una de tantas noches en el teatro al terminar la puesta en escena de la obra, cuando los “gorilas” de seguridad lo sacaban por la puerta de atrás). Lo recordaste y te causó ternura, sin embargo pudo más el ego que te hacían crecer los reflectores y las palabras del director a la prensa antes de que se arrebataran las frases que decías cuando te sentías el centro del mundo, cuando a tu alrededor había cámaras y micrófonos por hacina. Te acordaste de él y no pudiste describirlo más que como “loco”, “piedra” y “aferrado” cuando se lo contaste a tu asistente, quien, a pesar de estar semidesnuda, salió del camerino para gritar al elenco que se preparaba para la función de las ocho que estabas enamorada.



Lo que le quedó a él en las funciones próximas de la obra fue lo aferrado y lo loco, pero lo piedra había sido cambiado por una movilidad sin patrón entre las filas y puertas de acceso. Él comenzó a trasladarse de un punto a otro del teatro durante el desarrollo de la obra, en todos y cada uno de los lugares donde se concentraba a seguirte con la mirada conservaba su calificativo de “piedra”, pero tú, dentro de tu papel y cuando volteabas a la sala del teatro, veías cómo se iba moviendo como loco (al fin y al cabo estaba “loco”, decías tú) en puntos estratégicos para observarte. Así transcurrieron cuarenta representaciones más, las mismas en que tu caracterización histriónica fue haciendo mella en la percepción del público. La prensa comenzó a hacer crónicas de un personaje misterioso, casualmente dentro del contexto de la obra, que acechaba a la protagonista. Tú sabías que era real porque una noche, cuando ibas a tu casa y no ibas en el papel de actriz de teatro, te abordó sin que él supiese que eras lo que eras y lo invitaste al estreno de la obra, sin embargo y a pesar de que el director aseguró haberse peleado con él alguna ocasión, el personaje seguía siendo interpretado como sacado de la cabeza del dramaturgo para darle giros actorales a la obra.

Desde hacía mucho tiempo él había dejado su posición inmóvil (de “piedra”) en la butaca de la primera fila para trasladarse involuntariamente dentro de la sala mientras se desarrollaba la obra. Pero, dentro de sus pensamientos en vorágine, él comenzaba, después de trescientas representaciones, a moverse en pasillos y camerinos hasta iniciar la creencia de su personaje misterioso que la prensa local había construido para salvar (sin que ellos supieran) el pellejo del escritor y del director de la obra que empezaba a mostrar sus deficiencias y errores de discurso dramático.

Fue por eso que a pesar de que tú les habías avisado que te sentías agobiada por el tipo, el director y el productor de la obra hicieron caso omiso de tus advertencias y prefirieron dejarlo andar libre cada noche de representación para que la prensa siguiera masticándose la historia que ellos mismos construyeran y que les beneficiaba a aquéllos. Pero una noche empezaste a verlo menos tiempo dentro de sus movimientos sin patrón en la sala del teatro. Sin importarte las líneas que seguían de tu personaje, te quedaste como condenada a la fijación mental de él, buscándolo en la sala, pero nunca lo ubicaste entre la multitud. El público estalló en una carretada de aplausos porque habíanse creído la historia de la prensa local y connotaban tu ofuscación como parte de la actuación giratoria que todos imaginaban como recurso arriesgado del director, aunque éste se jalara los cabellos en señal de enfado, el cual alcanzaste a percibir detrás de las piernas del teatro, cuando te encontrabas temerosa en mitad del escenario.




Él salió de la sala y vio a los de seguridad en la entrada del teatro, pero ellos no lo molestaron porque tenían órdenes del productor. Caminó por el pasillo y se enfiló hacia los camerinos ya que el pasillo dirigía los pasos hacia allá. Entró a tu cubículo, donde su fetichismo ocupó unos minutos para lograr construir historias con tus pertenencias, ahí esperó hasta que su propio conocimiento de los tiempos de la obra y su desarrollo lo obligaron a salir del camerino y dirigirse, cada vez más embotado de la cabeza pero con sus propias líneas repasadas, hacia el escenario. Tuvo él la posibilidad de echarse atrás, pero no podía fallarle al personaje que se creía desempeñar porque toda la ciudad lo sabía.

El elenco en espera de entrar al escenario nunca le hizo la parada hasta que estaba en el límite de las piernas y su inclusión era inevitable. Con pasos meditados por sus lecturas de los diarios y su capacidad erudita del arte dramático le hicieron entrar de lleno en el escenario, lo que el público presente reconoció como en extremo sobresaliente con una serie de aplausos interminables, los que siguieron sus pasos y movimientos mientras se acercaba a ti bajo la vigilancia desesperada del director, quien se había parado al borde de las piernas primeras a gritar y poner sobre aviso, pero que después de ver el andar seguro y con conocimiento de causa del personaje misterioso (como el que ordenaba a sus actores), comenzó a darle indicaciones que él comenzó a obedecer, pero que al paso de su acercamiento a ti empezó a desechar por su consideración absurda, ya que él se encontraba en otra obra sin necesidad de ardides publicitarios: La suya propia. Nunca antes de las cuatrocientas veinte representaciones el público había estado más metido en el desarrollo de la obra ni la prensa más atenta a sus escenificaciones.

Él se acercó al tapanco que escenificaba la fuente donde tú eras otra mujer que huía del amante golpeador en turno (por vil estereotipo) y que pedía ayuda a los transeúntes indiferentes que deambulaban a altas horas de la noche en un barrio de tugurios y burdeles. Casi sin que te dieras cuenta, ya que tu personaje tuvo que atender a un borracho en la parte posterior de la fuente, él se aproximó hasta tenerte a su alcance; fue lo último que se respetó en el libreto. Al darle giro a tu ángulo de visión, él era un nuevo personaje enclavado en el vicio social que representabas (y el público seguía aplaudiendo y el director ordenando que siguiera la escena), por lo que su violencia aparente no te importó hasta que se terminó el lapso de las miradas y él comenzó a acariciarte por debajo de la falda, te besó y tú decidiste ayudarlo a quitarte las bragas sin desprenderte de su boca desesperada, acariciaste su entrepierna y después comenzó a hacerte el amor sobre la fuente en mitad de la calle de los tugurios y burdeles, lo que significó un asombro de distintas manifestaciones entre el público y la inmovilidad por confusión de todos los actores ante la situación, lo que, a su vez, creó una escena de estética fotográfica intensa que el iluminador coloreó con cambios alternados de rojo, blanco, luz negra y ámbar dirigidos con halos que circunscribían a los amantes entrelazados que se fundían en mitad del escenario. Cuando terminaron ya no estaban en la fuente, se habían revolcado a lo largo de la calle y estaban en la banqueta, a la entrada de un bar de mala muerte. Se separaron poco a poco y sin perder detalle de sus cuerpos mojados por fluidos y sudor y tú te recostaste sobre su pecho mientras él dejaba caer sus brazos en señal de cansancio y satisfacción. El público, hasta entonces, despertó de un profundo silencio y trance teatral y estalló en aplausos, se pusieron de pie y éstos continuaron durante quince minutos después de que el director ordenó el cierre del telón porque la situación le indicó que así era conveniente.

Después de cerrarse el telón él ya estaba sentado en el piso y la ovación del público lo hizo agachar la cabeza y hacerse sentir más mal de lo que comenzaba a sentirse; se levantó y te buscó entre los personajes del elenco que corrían hacia sus cubículos, pero tú ya no estabas ahí en el escenario. Como un demente, él se dirigió hacia las piernas y pudo verte corriendo por el pasillo hacia la entrada principal del teatro, donde se amontonaba la prensa y donde por fin te alcanzó para recordarte el compromiso que habías hecho de su invitación a cenar. Aún con las ropas rasgadas y semidesnuda al igual que él y en medio de un desorden de luces, cámaras, micrófonos y rostros difusos, te volteaste para verlo, te detuviste y con los brazos comenzaste a retirar las manos y cuerpos que te acechaban hasta que lo tuviste frente a ti y lo jalaste del cuello para besarlo apasionadamente. Antes de que el arrebato los llevara y terminaran por revolcarse y hacerse el amor sobre la alfombra de la entrada del teatro, lo separaste a tiempo y le dijiste: “sí, sí, otro día, es una promesa, ¿te parece?... Nos vemos mañana en la obra”, para posteriormente salir del teatro y comenzar a caminar por las calles e iniciar el desarrollo del papel del personaje de tu persona, con las ropas rasgadas y semidesnuda, pero con una sonrisa en tu rostro de tendencias divinas con el maquillaje corrido.

DENECK INZUNZA ROMERO


























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