
colección de cuentos escombristas
historias al límite de la decadencia
cuentos del borderline
Deneck Inzunza Romero
estrialuz, México, 1999/2002
¿DÓNDE ESTÁ LA CANCIÓN QUE ME HICISTE...?
“–¿Dónde está la canción que me hiciste
cuando eras poeta?.
–Terminaba tan triste que nunca
la pude empezar.”
Joaquín Sabina
– I –
En el rincón más absurdo del cuarto desacomodado, segundos después de que pudo entrar usando esas llaves traidoras que se sublevaban ante la cerradura, descubrió la presencia de algunas de ellas. Como traía una borrachera descomunal y ganas de orinar desde que salió del bar, no le quedó de otra que pedir tiempo fuera y dirigirse al baño, donde trató de pensar y estructurar la forma de hacerles frente. De regreso, antes de llegar al rincón de pesadilla que se presentaba infame como absurdo y alucinante, pasó a la cocina del departamento que habitaba en los altos de un edificio de la calle Lomas para abastecerse del ron que guardaba en la despensa y de cigarros que ocultaba en el refrigerador. Llegó hasta donde las esquinas de las paredes y el techo formaban un vértice incierto en el que se almacenaban cajas que durante varias noches atrás acunasen alacranes y arácnidos de consistencia casi metálica. Esta vez no había patas punzantes ni aguijones mortales, sólo un puñado de sombras y colores que se transfiguraban en rostros y cuerpos materiales que se adelantaban unos a otros y se disponían a reclamarle. Él trató de ironizar lo más que pudo hasta que quedó a merced del grupo de mujeres y sus discursos que se le dejaban venir entre la oscuridad del cuarto, los sonidos de la noche y las vueltas que daba su cerebro envuelto en fluido alcohólico.
– II –
“Me la pasé bien las dos ocasiones que el tiempo nos unió y separó..., pero debo reconocer que te traté mal ambas veces. Sé que en realidad me querías, y yo a ti, pero de un modo que no era recíproco... Me acuerdo de las noches en un callejón excitante y, años después, de la carretera que cruzábamos cuando me ayudabas a escapar de la ciudad, la misma carretera que te viste forzado a transitar cada noche bajo la lluvia para ir a verme. Recuerdo cómo te esperaba a la salida del colegio y, al ver el coche o a ti bajando del autobús, me salía de la protección del árbol que me cubría de la lluvia que cayó esas semanas para recibirte con un beso tierno e irnos a mi casa, donde platicábamos por horas y a veces nos íbamos a las calles perdidas de la colonia a hacernos caricias que nos marcaban en forma diferente a ambos. ¡Eh!, te ves mal, ¡carajo!, tú que siempre estuviste tan lleno de mística y profundidad del alma... Recuerdo cuando eras poeta y me querías mucho, tanto que me escribías canciones que cantabas al oído cuando nos acariciábamos y platicábamos en el jardín... antes de decirte, por segunda vez, que todo había terminado... ¿Dónde está la canción que me hiciste cuando eras poeta?.”
– IV –
“Me abandonaste. Me dejaste por olvido y aún así te quise como enferma mental. Estabas tan loco y tan obseso con la mística de la noche que no te comprendí... te quise, créelo, te quise tanto que, años después, decidí desviarte de mi camino para que no me volvieras a dejar... Preferí seguir amando a esa persona que conocí en ti antes de tratar de olvidar a esa otra en la que te convertiste y que también conocí. Estás muy acabado... qué bueno que no te estoy viendo ahora, qué bueno que estoy invocando al hombre feliz que llegaba por mí a la plaza y me hacía el amor por los callejones, qué bueno que soy una alucinación en la mente del poeta loco que hacía canciones con los besos... aunque después las destrozara cuando la cólera lo invadía. Ahora me pregunto como esperanza inútil: ¿Dónde está la canción que me hiciste cuando eras poeta?.”
– VIII –
Él escuchaba los discursos que la noche le había traído en formas y colores absurdos y alucinantes. También ingería más ron para alcanzarse poco a poco por la autopista del vicio y para hacerles frente a algunas de sus mujeres, que en ese momento le asaltaban en el rincón más incoherente del cuarto. Se metía más alcohol al cuerpo porque no le quedaba de otra; los reproches le golpeaban en lo más íntimo de su ser, como voces de su propia inconformidad, como las demandas de su creatividad perdida por el desequilibrio emocional y su lamentable pasado, en medio de su lamentable estado y su imposibilidad clara de respuesta a las interrogantes de un montón de fantasmas.
– XII –
“Yo tenía un definitivo vínculo con la fuga... por eso me fugaba. Yo no te usé ni te mandé al carajo, tú no me olvidaste ni el destino terminó lo nuestro como cierre de telón, más bien fue mi adicción involuntaria por la fuga. Rememoro las visitas que me hacías cuando vivía cerca del centro, en esa casita que parecía a escala; de vez en cuando me acuerdo de ti como el chaval listo que tenía siempre más de un tema de conversación, como el amante que se reservaba su poesía para la cama y a oscuras, cuando te acariciaba los brazos con mis uñas, cuando esto era un preámbulo declarado hacia un juego febril... o ¿ése era el juego febril como lo escribiste alguna ocasión?. Por cierto, ¿dónde está la canción que me hiciste cuando eras poeta?.”
– XVII –
Antes de que continuaran interviniendo las restantes, él se puso de pie, bebió de la botella y se vislumbró a sí mismo como el personaje que ellas le contaban. Reconoció que los años y los desvíos de su persona lo habían llevado a los senderos más oscuros que habría de imaginarse, más decadentes que su propia poesía que había caído en el abandono y el olvido, en el bote de basura, y en las cenizas que inundaban el departamento. Su angustia y la depresión que empezaba a envolverlo lo hizo perder el hilo de su reflexión y mezclarse con las voces del pasado que se hacían interminables. “¿Por qué quemabas tus poemas?– escuchó antes de entrar en crisis alcohólica y colocar un cigarro en su boca–. Eras bueno en el oficio, a mí me consta aunque para ti no valga de algo mi opinión después de lo que vivimos. No me perdonaré haber postergado la formalidad de nuestra relación aquella noche en la carretera cuando nos amábamos ni el más estúpido error que he cometido al pronunciar otro nombre a tu oído. Sé que para ti fui la esperanza que se transformó en fatalidad, pero, si de algo vale, debo decirte nuevamente que eras bueno, claro que lo eras... ¿Dónde está la canción que me hiciste cuando eras poeta?.”
– XXVII –
Él perdió la fuerza y se desplomó; vio, al final y como en retrospectiva varias veces, cómo se estrellaba la botella haciéndose fragmentos de vidrio y pequeñas marejadas de ron. Con su mano derecha extrajo un encendedor de la bolsa de la camisa, se encendió el cigarro roto por el impacto y de paso le prendió fuego a un nutrido grupo de cajas que se apilaban entre las paredes y el techo del rincón más absurdo del cuarto. “Aquí está la canción que les hice cuando era poeta... y aquí está el poeta que les hice cuando era canción en sus vidas”, les dijo a las mujeres que se apilaban entre destellos de colores y formas físicas en el rincón formado por el vértice de paredes y techo, quienes atónitas y mudas por incapacidad observaron cómo sus canciones se convertían en más ceniza en el departamento y su poeta del pasado en el olvido calcinado al que ellas lo habían arrastrado.
DENECK INZUNZA ROMERO
EL CORTOMETRAJE DE ESTE CUENTO:
¿DÓNDE ESTÁ LA CANCIÓN QUE ME HICISTE?
Dirección: Mayra de Lourdes Méndez / María Antonia Morales.
Guión / Adaptación: Susana Sánchez.
Actúan: Ulises "Cabezón", Antonia Morales, Mario Cadengo, Lourdes Méndez, Jazmín Angélica López, Ana Gloria Pérez, Susana Sánchez.
Producción: Ana Gloria Pérez / Imaginario Producciones. (2004). ***
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