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PUERTAS - Historias al límite de la decadencia - Relatos del BORDERLINE

martes 6 de enero de 2009





COLECCIÓN DE CUENTOS ESCOMBRISTAS
HISTORIAS AL LÍMITE DE LA DECADENCIA
CUENTOS DEL BORDERLINE
DENECK INZUNZA ROMERO
ESTRIALUZ, MÉXICO, 1999/2002






"Muy grueso, muy grueso... Joder que cómo hay puertas".




PUERTAS



La mañana había transcurrido sin novedades y como lo marcaba la rutina laboral que seguía desde unos meses atrás cuando me asocié con algunos amigos para realizar estudios de ambientes académicos. La institución de educación superior que asesorábamos en ese momento tenía varios planteles distribuidos en centros urbanos, por lo que viajábamos constantemente a distintas regiones para aplicar los instrumentos de medición, las diversas encuestas que habíamos diseñado para los públicos de la institución; sin embargo, en ninguno de los planteles que hasta ese momento llevábamos recorridos me había sentido tan involuntaria y extrañamente involucrado como en el que ese día visitábamos. Cuando concluyó la mañana y la primera ronda de entrevistas que apliqué, observé que mi equipo aún no terminaba con los grupos asignados, por lo que, para espabilarme, decidí pasear por las instalaciones donde temporalmente se localizaba el plantel universitario, un edificio colonial que el municipio había prestado. La vieja casona del centro de la comunidad estaba en proceso de remodelado y supe que tenía, por los planos que vi en exhibición, el proyecto de habilitarla como museo municipal. En el patio central de la casona vi a dos chicas que vestían batas blancas de hospital y tapabocas, y sacaban cajas con documentos de una de las habitaciones en el extremo opuesto a donde mi equipo seguía aplicando encuestas. Me acerqué por curiosidad y me tapé nariz y boca con la manga de mi suéter al momento de preguntar qué hacían. “Somos del archivo histórico y nos vamos a mudar a la planta alta”, me contestaron y me mostraron cajas llenas de documentos antiguos sobre la historia del municipio y me invitaron a pasar a la habitación de donde extraían el acervo. Cuando entré a esos cuartos intercomunicados y con ambiente pulverulento y a pasado sentí el primer jalón y una sensación que comenzaba a invadirme con rapidez, por lo que ante los ojos distraídos de las dos mujeres que continuaban con sus actividades, me escabullí de nuevo al patio, donde inicié una reflexión bestial y de emergencia sobre lo que me había sucedido ahí adentro, sin embargo las defensas de mi mente bloqueada por la sensación y el miedo actuaron más rápido negándolo todo y mostrando una trayectoria de regreso a donde estaban las habitaciones en que se localizaba el plantel educativo y mi equipo aplicando encuestas, al otro lado del patio, el cual comenzaba a mostrar zonas difusas.

Cuando mi equipo terminó de aplicar las encuestas a los estudiantes, tomé mi libreta de apuntes y determiné que fuéramos a la plaza para entrevistar a la gente de la comunidad y hacer una fase del sondeo de imagen y presencia de la institución en ese municipio, todo esto mientras llegaban más alumnos al plantel, en el transcurso de una o dos horas. Al salir de la habitación y ver el patio, distinguí que aún se encontraba enturbiado por las zonas difusas que se abrieron después de que salí de los cuartos donde estaba el archivo histórico y su proceso de mudanza, así que me protegí detrás de Javier, quien era el más corpulento del grupo, para evitar el jalón y poder llegar a la salida de la casona, donde la situación me reservaba darme cuenta de que la puerta de acceso no era la original, dado que en el espacio en que estaba empotrada había huecos maquillados y vestigios de otra más grande. Detalles que uno considera poco relevantes, aunque siempre existe un vínculo especial para que uno se tope con esos detalles. Antes de salir –porque siempre hay que esperar a alguien que olvida su pluma– tomé valor para voltear hacia el patio y pude observar que no había nada extraño ahí, así que me tranquilicé y en la siguiente hora y media, en la plaza y entrevistando personas, traté de convencerme que nada extraño había ocurrido en la casona, y que todo era producto de la rutina y del cansancio mental que provoca repetir una y otra vez las mismas preguntas de las encuestas.

Al volver a la casona, mis emociones estaban más dominadas y pude entrar con facilidad y con la situación controlada. El patio era un patio normal de casa colonial y ya no presentaba zonas difusas, los cuartos del archivo histórico no jalaban por el momento y habían llegado más alumnos para encuestar, por lo que me dirigí en directo a la habitación central donde estaba el plantel universitario para seleccionar grupos y asignarlos al equipo de entrevistadores. Incluso antes de aplicar las encuestas que me tocaban, salí al patio, lo crucé y volví a entrar a los cuartos del archivo histórico, donde, con ojos ávidos, busqué detalles entre las paredes, los recovecos oscuros, las vigas de madera carcomida del techo, los muebles viejos que robaban luz y todo objeto antiguo, salí de nuevo al patio y fui hacia las escaleras que llevaban a la planta alta donde estaría próximamente el archivo, subí y recorrí visualmente con modales de alto escrutinio todas las habitaciones, después bajé al patio y me sentí orgulloso de vencer una sensación que de la nada y con visiones improbables me había asaltado –suponía– por el cansancio. Pero, detrás de uno de los pilares del patio, apareció Cristina, una de las chicas del equipo de encuestadores, quien visiblemente estaba aturdida e irradiaba preocupación. “Te asigné un grupo, ¿qué pasó?”, le pregunté ya dentro de los niveles de seguridad que me había construido con mi recorrido; “de repente me sentí mal y tuve que salirme”, me contestó; después, con claros índices de angustia, observó a su alrededor y terminó por preguntarme: “...¿no sientes como que en este lugar hay puertas?”.

“¿Puertas?”, me repetía mentalmente a cada instante mientras entrevistaba a los alumnos que me tocaban. Había aplicado unas siete u ocho encuestas después de que Cristina y yo regresamos al salón principal del plantel, y, a cada momento, la respuesta que no pude darle minutos atrás por falta de entendimiento se convertía en mi duda insistente y me abría nuevos horizontes de comprensión. Constantemente observaba a Cristina en uno de los rincones de la habitación para tratar de visualizar cambios en su comportamiento o alguna otra pista que me llevara a comprender por qué hizo esa pregunta que no le pude responder más que con una afirmación estúpida de mi cabeza y una invitación con la mano para que regresáramos a seguir sondeando. Tanto me repetía mi propia pregunta que me encerraba en un laberinto de conjeturas y no hacía caso de las respuestas que daban los alumnos a las preguntas de la entrevista que a su vez eran también repetitivas, las mismas de siempre y de cientos de veces, que se convertían en una cantaleta recitada de memoria, como una oración del más profundo estado de cansancio mental, como un trance obligado que abría puertas por donde se fugaban los pensamientos... (“¿...que se convertían en una cantaleta recitada de memoria..., como una oración del más profundo estado de cansancio mental..., como un trance obligado que abría puertas por donde se fugaban los pensamientos...?”). Me levanté de inmediato cuando sentí que se estaba abriendo una zona difusa en algún lugar del salón y caminé con paso rápido hasta donde estaba Cristina aplicando encuestas, le pedí que viniera conmigo a otro rincón de la habitación y decidí saber más sobre lo que pasaba. “Creo que ya sé cómo se abren, pero, ¿hacia dónde llevan, qué es lo que encierran?”, le pregunté. Cristina me observó con sus ojos de espantada y se llevó las manos a la boca para seguir comiéndose las uñas, “entonces, ¿a ti también te está pasando?”, y fue lo último que alcanzó a decirme porque llegó Javier para solicitar que le apoyara con unas encuestas, “para irnos temprano”, me dijo Javier mostrándome cierta urgencia y me pareció aún más raro que me lo dijera él, que era uno de los miembros del equipo que solían quedarse hasta tarde y no le importaban los horarios extremos en los que nos movíamos para realizar los estudios. “Entre más pronto nos vayamos, mejor”, pensé, así que le solicité a Javier que me mostrara a su grupo asignado para seleccionar alumnos a entrevistar y a Cristina le pedí que continuara lo más rápido posible con su sondeo, para irnos a comer y platicar sobre el asunto que quedó pendiente entre ambos.





A cada momento sentía que las zonas difusas, las puertas, se abrían cerca de nosotros en el salón. Entrevisté a un par más de alumnos del plantel y comencé a respirar con dificultad, los latidos cardiacos se acentuaron y me privó la sensación de que terminaría desmayándome; esto sin tomar en cuenta el infame dolor de rodilla que traía desde la mañana. “Es el estrés”, pensaba para buscarle una salida al problema, pero la otra sensación, la del jalón, se comenzaba a presentar nuevamente en dirección al grupo de alumnos que entrevistaría. “Eso es todo, muchas gracias por tu cooperación”, le dije ya con la voz algo entrecortada al muchacho que en ese momento terminaba de entrevistar; se levantó y tras de él apareció una chica que era la siguiente en turno, a la que invité a sentarse frente a mí. En ese momento sobrevino el segundo jalón y la sensación entró de lleno en mi cuerpo, sin embargo, me hice el fuerte porque sinceramente me hubiese avergonzado parecer enfermo delante de una chica tan linda como la que iba a entrevistar. Me perdí por momentos haciendo como que ordenaba las encuestas al mismo tiempo en que escribía sobre las hojas algún dato que me hiciera parecer ocupado en algo, y posteriormente, creyéndome o haciendo creer que estaba un poco más recuperado, proseguí a comenzar la encuesta. A pesar de que conocía de memoria y a la perfección cada una de las preguntas, cuando llegué a la altura de la cuarta, noté que no coincidían los números y le pedí a la chica que me esperara unos instantes; busqué el patrón del instrumento que aplicábamos y corroboré que mis encuestas traían otro orden de preguntas y otras preguntas que jamás habíamos realizado. Como no supe qué hacer en primera instancia, me quedé viendo el rostro de la chica que tenía frente a mí y empecé a reconocer esos rasgos faciales en el inconsciente de mi pasado para descubrir que se trataba de Dinorah, una novia que tuve en la secundaria. Normalmente un encuentro de tales características pudiera parecer agradable por la distancia en años, pero la situación hacía que todo pareciese tan absurdo y angustiante, confuso y anacrónico. No era posible que Dinorah estuviera a cuatrocientos kilómetros de distancia de la ciudad en que vivía ni estudiando la universidad que había terminado en otra institución unos diez años antes de la fecha en que estaba frente a mí, respondiendo una encuesta y con una imagen menor a veinte años de edad. Continué con las preguntas que marcaba la entrevista aunque sabía que no eran las originales, suponiendo que algo había pasado con los formatos de encuesta al momento de fotocopiarlos en la oficina. Una y otra vez busqué con la mirada a Cristina para comprobar algún cambio en su estado de ánimo, sin embrago, ella no estaba ya en el salón, por lo que seguí la entrevista sin quitarle los ojos de encima a la visión de la preciosa mujer que estaba frente a mí, Dinorah, que estaba también presente en realidad por absurdo que me pareciera, junto a mí y con la posibilidad nunca desechable de un universo paralelo en el que ella estudiaba en esa institución, en ese municipio y que eran unos doce, trece o catorce años menos de los que había en mi cerebro... Pero, ¿dónde estaba yo?... ¿aplicando encuestas?. Y cuando me hacía esas preguntas me acordaba que debía atender a lo que la chica me respondía y no perderme tanto en sus ojos claros, sus cejas pobladas, su nariz respingada ni en sus labios carnosos, rojo intenso por jugosos, que habían crecido y evolucionado con respecto al tiempo en que jugaban con los míos en un pasado a unos dieciséis o diecisiete años y a cuatrocientos kilómetros de distancia de los últimos besos que nos dimos; que no debía perderme en la fuga de mis pensamientos ni en la sensación que brindaban las puertas que ya estaban por todos lados; que no debía permitir que la situación se me saliera de control porque para eso había paseado, lleno de seguridad y con inventos de valor, por toda la casona; que no debía perderme en la memoria que se abalanzaba hasta mi consciente y de la que por momentos reconocía pasados que no eran míos; que no debía perderme porque Cristina ya se había perdido y tarde o temprano me iba a necesitar; sin embargo sí me perdía viendo cómo Dinorah movía las manos que hacía años y en otro contexto me acariciaban con la pasión de la juventud incipiente que teníamos; sí me perdía en la silueta de los senos que ocultaba el suéter de Dinorah y que eran de unos años posteriores a cuando dejé de verla... Sí me perdía porque ahí, frente a mí, tenía a una Dinorah que oscilaba entre los dieciocho o veinte años de edad y que no conocí así como se me presentaba en ese momento, cuando ya era una mujer más desarrollada y atractiva de lo que había sido cuando la amé.

Como entrevistábamos a los alumnos de la institución cuando estaban en el plantel, las actividades programadas que ellos tenían nos obligaban a quitarles algunos minutos de su tiempo de aprendizaje, por lo que las interrupciones por parte de sus compañeros de equipos de trabajo eran frecuentes. En un momento determinado, un tipo se acercó hasta nosotros y solicitó amablemente hablar con Dinorah, por lo que aproveché la circunstancia para comprobar si podía levantarme de la silla, y una vez que pude hacerlo, me salí al patio que estaba inundado de zonas difusas, de puertas, como había dicho Cristina. Me dirigí a la salida para observar qué pasaba en la calle y fue cuando noté que los huecos maquillados que había en el acceso y los vestigios de la existencia de una puerta mayor habían desaparecido, y en su lugar estaba un portón de madera de grandes dimensiones, de tonos más oscuros y con más ornamento tallado, la puerta que seguramente existía en la casona en otro contexto de tiempo. Detalles que uno considera poco relevantes, aunque siempre existe un vínculo especial para que uno se tope con esos detalles. Cristina estaba afuera de la casona, en la calle, y de inmediato traté de platicarle lo que me estaba pasando, pero ella se negó a escucharme, también se negó a entrar de nuevo cuando se lo pedí. Me consternó la situación mental de Cristina y entonces me regresé al salón para terminar de entrevistar a Dinorah y ordenar que todos nos fuéramos de inmediato. Antes de llegar al salón volteé hacia la salida y vi a Cristina a través de la puerta de acceso, aún en la calle. Se me quedó viendo como perrito de nadie y tímidamente me señaló el portón de madera. Con gestos y movimientos de los brazos traté de preguntarle qué quería decirme, y ella volvió a mostrar con su dedo inhibido el portón. “¡Atravesaste la puerta!”, me dijo y se llevó las manos a la boca para seguir consumiéndose las uñas.






Entré al salón, llegué hasta la silla que estaba frente a Dinorah y me senté de golpe. Esto ocasionó que ella se sorprendiera y me sonriera con su boca deliciosa, como yo deseaba que lo hiciese algunos minutos atrás. Tomé mis encuestas y antes de hacerle la siguiente pregunta, ella puso su mano en mi muslo y comenzó a ejecutar un masaje suave mientras sus ojos lánguidos se posicionaban en mis ojos atónitos. Siguió sonriéndome y sacó la lengua como ironía antes de decirme: “¿Estás loco?, no tarda en regresar el encuestador”. “¿El encuestador?”, le pregunté confundido y giré con violencia la mirada hacia donde ella me indicaba con gestos disfrazados y observé a un sujeto que entraba al salón, cojeando visiblemente, como si lo aquejase un infame dolor de rodilla. Dinorah colocó su mano en mi cara y me hizo regresar el movimiento hasta donde sus labios se encontraron con los míos; “pórtate bien, cuando termine la entrevista te busco”, me dijo después de besarme con ternura y no me quedó de otra que dejar las encuestas sobre una mesita, levantarme e irme de ahí. El tipo que había entrado al salón se sentó frente a Dinorah y siguió haciéndole preguntas. Comencé a desesperarme y busqué a Javier entre los grupos de encuesta; cuando lo localicé fui hacia él y lo interrumpí prácticamente arrollándolo: “¡Eh, Javier!, ¿quién es ese tipo que está con la chica rubia haciéndole una encuesta?”. Javier me observó con intriga, se levantó de su silla y amablemente retiró mi mano contraída de su camisa institucional; “a ver, a ver, cálmate; primeramente, estoy para servirte, pero no me arrugues la ropa; en segundo lugar, ¿cómo sabes que me llamo Javier?; y en tercero, con calma, ¿qué es lo que necesitas saber?”, me preguntó. “¡Está bien!, discúlpame, Javier; necesito saber quién es el tipo que está aplicando una entrevista a la chica rubia de allá”, le dije. “Mira: ese tipo es uno de los miembros de nuestro equipo de encuestadores...; ahora tú contéstame: ¿cómo sabes que me llamo Javier?”, me preguntó. “...Porque te conozco... Vinimos aquí juntos a encuestar...”, le dije mientras iba comprendiendo que él no me reconocería. “Mira, muchachito; desde la mañana nos han venido pasando cosas muy raras y no dudamos que ustedes tengan algo que ver, así que si te desapareces de mi vista, tú y yo tan amigos y ahí muere el asunto”, me dijo y comprendí que entonces lo que había venido pasando ya estaba muy grueso. Preso de la confusión y con los niveles de angustia excedidos, volví a observar a Dinorah y lo único que deseé fue que si yo no la estaba encuestando, entonces que al terminar la entrevista ella me buscara como me había dicho, sin embargo sabía que estaba pensando incoherencias y decidí salir de la casona para buscar ayuda. Dejé la habitación y atravesé corriendo el patio abierto casi en su totalidad por zonas difusas, llegué hasta la salida y de un salto traspasé la puerta para encontrar la calle, donde me detuve para tratar de respirar bien y entonces vi a Cristina; estaba sentada sobre la banqueta y traía una bata blanca y un tapabocas azul como las chicas que mudaban el archivo histórico por la mañana, me acerqué a ella con la necesidad de que terminara de explicarme lo que había quedado pendiente entre ambos, así que le pregunté: “¿Qué pasó, Cristina?”. Cuando me vio se volteó sin levantarse y me dijo con amabilidad y una sonrisa en su cara: “¡Ah!, sólo que estábamos en plena mudanza y de repente me sentí mal y tuve que salirme...”. Después se levantó, borró la sonrisa y, con cierta intriga transfigurada en su mirada otrora desesperada, se acercó a mí para decirme en voz baja: “Lo que pasa es que... ¿no sientes como que en este lugar hay puertas?”.


DENECK INZUNZA ROMERO

















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