
COLECCIÓN DE CUENTOS ESCOMBRISTAS
IRIS DESEO Y OTROS RELATOS
DENECK INZUNZA ROMERO
ESTRIALUZ, MÉXICO, 2004
IRIS DESEO
Peleaba con las cortinas y los marcos de las puertas abatibles del balcón, pero cuando uno se pelea y hace guerra encarnizada con objetos que no entienden razón alguna y siguen su curso a la batalla con los demás elementos es que algo anda mal, y sentí que algo andaba mal de inmediato traté de desenganchar la cortina en su parte superior que se quedó prendida de una de las rebabas del metal de la puerta derecha del balcón… sí, algo andaba mal y lo supe al instante en que traté de suspender la guerra que libraba ahora con un viento agitado que traía cosas invisibles y movía las cortinas que después se enganchaban por completo a las aristas de las puertas mal pintadas de azul y negro, dejándose ver en el interior del cuarto y rasgando zonas débiles de las únicas cortinas que teníamos y fue lo que ese día, además del colchón y un librero viejo de madera podrida, dejamos de tener… al menos juntos.

Rentábamos un piso que estaba en el tercer nivel de una casa malhecha en una colonia alta y poco poblada de la ciudad. Estaba la azotea con los tendederos de la colectividad y el cuarto y era desde hacía tres meses nuestro hogar con esperanzas y con castillos en el aire porque al menos había mucho aire, no como en el centro, y con discusiones y con sexo y con un baño con puerta de madera hinchada que no cerraba jamás, y con un techo con goteras y con paredes húmedas y con moho incipiente, con varias capas y experimentos de pintura barata donde Lucy pasaba trapos mojados en la pila de los lavaderos para cambiar las formas irreales que ahí habitaban, con nosotros, quienes las avivábamos, les dábamos alas y ojos y dientes irregulares y formas humanas abstractas y dolores mundanos que a veces reconocíamos después de días, y entonces Lucy, mi mujer hacía tres meses, iba a la pila de los lavaderos a mojar cualquier trapo a la mano y regresaba con alguna idea para librar a las escenas quejosas de las paredes de enfermedades que producían los cambios de temperatura y el moho y los restos de cerveza y ron que lanzaba contra ellas cuando se terminaban las botellas… Cuando cobraba bien alguna partitura o tenía más clases en la academia, eran restos de wisky lo que lanzaba a las paredes, como ritual porque se formaban imágenes bellas, primero compraba del más barato y, si me salían clases particulares por las tardes, iba y compraba del bueno, que era más caro y del que más me gustaba, pero ése no lo lanzaba, buscaba siempre la manera de ingerirlo todo, de sacar de la botella hasta la última gota, después le botaba el tapón regulador y la llenaba con agua de la pila de los lavaderos o con el agua de alguna de las dos cubetas que traíamos desde ahí para el baño, me bebía parte del líquido con sabor a jabón e intemperie pero que alcanzaba a impregnarse de cierta esencia etílica, y entonces iniciaba mi ritual lanzando pequeños chorros por las paredes y Lucy pasaba su trapo como herramienta de nuestra total locura y borrachera, para juntos modelar los paisajes y los rostros y los cuerpos indefinidos que hacían brotar las paredes húmedas y con moho que padecían capas de pintura barata y los rayos del sol de las tardes por la parte externa de ladrillos sin enjarrar…
Sí, con wisky del bueno, del caro, aunque se encontrara diluido, salían escenas más bellas… más bellas aún que con los restos de wisky barato, y nunca mostraban dolor y queja después de días como las creadas con la cerveza de diario y el ron de cada tres o cuatro días… Pero anoche, después de la academia caminando con una chica que hacía tiempo trataba y después de que se convirtiera en una visión del deseo en el café, dos horas más a la semana en la academia y tres niñas ricas con piano nuevo por las tardes, me dieron la confianza de lanzar a la pared junto a la puerta el resto más o menos abundante de la primera de dos botellas de wisky del bueno sobre una colección de residuos de varias cervezas y una botella de ron que nos bebimos con una coca sin gas, antología de momentos de infartante desequilibrio en mi deseo y que había sido construida horas antes, y mientras Lucy salía tropezándose del cuarto con un trapo para mojar en la mano, yo me planté de rodillas frente a la mancha de mi locura que irradiaba hilos por gravedad, y, aprovechando que Lucy tardaba en llegar a la pila porque iba ebria guiándose a tientas por la pared, traté estúpidamente de aclararme la mente con el viento de la noche, traté de reconocer los motivos que el destino ocultaba tras esa visión del café, tras haber hablado con ella después de mucho tiempo de tratarla sin que me despertara esta sucia y profunda pasión, y haber sido bañado por su sonrisa y sus chingaos y sus carajos que salían como melodía de sus labios durante minutos que corrieron como en flash, y haber deseado su cuerpo y su boca hasta el extremo enfermo de una erección que oculté con la bolsa de la vinícola donde estaban las botellas de wisky, haber olido su piel al natural y haber besado su mejilla muy cerca de su boca al despedirnos y sentir que eyaculaba como nunca aunque sólo con la mente… traté estúpidamente de hacerlo antes de que Lucy volviera con el trapo mojado a terminar nuestra pinche locura, que en ese instante no imaginaba que iba a ser la última, traté de hacerlo antes de que Lucy regresara porque me sentía sucio e infiel aunque era sólo con el pensamiento y no quería que se diera cuenta, pero regresó antes de que yo concluyera mi análisis y me purificara un poco, y con sus manos torpes por la borrachera pasó el trapo mojado por la colección de manchas y restos de las últimas horas, ya por instinto, como en trance, dándole más fuerza a los residuos del wisky caro que yo había decidido sacrificar en ritual para generar escenas bellas en la pared, más bellas seguramente con el wisky sin diluir, pasó el trapo cada vez con menos fuerza e intención porque cayó de borracha… sentí que debía irme a dormir porque desde hacía rato estaba a gatas y no podía levantarme, cuando lo intenté y comprobé que podía, me acerqué a Lucy dormida y la arrastré al colchón, le quité las chanclas, el pantalón y la playera y la dejé en bragas, la tapé con la cobija de ambos y con un absurdo sentimiento de culpa, y cuando comencé a desvestirme vi su trabajo con el trapo mojado en la pared… Era el rostro de esa visión en el café de unas horas antes… Era así de bella como era realmente, y había sido puesta en imagen sobre la pared con el residuo la primera de las dos botellas de wisky caro que me acompañó a comprar cuando íbamos camino al café y todavía no era un deseo enfermo, una visión en el café… Era así de bella como era realmente y los trazos últimos y sin fuerza que Lucy había impreso por debajo del rostro eran el cuerpo desnudo, el cuerpo desnudo que más deseaba, pero se ocultaba tras la imagen de lo que pudieran ser los brazos y se desenfocaba su impresión, la impresión que Lucy había hecho sin fuerza, como si toda ella viniera desde lo profundo de la pared, en perspectiva, horizontalmente, acostada con los brazos cruzados como deteniéndole el rostro… Era ella, esa chica que trataba desde hacía tiempo y que no recordaba ni su nombre y que preguntaba como obsesa por la pieza musical en que trabajaba, que ella conocía porque había oído en ensayos en la academia, esa obra que arrumbé y pertenecía al caos de mi vida entregada al alcohol y al cigarro y a la hierba y a lo provisional, a la locura, a la apología de mi propia decadencia, entonces me fui por el suelo hasta el librero viejo de madera podrida y saqué la partitura de entre un puñado de papeles húmedos y manchados, y le di ese nombre, el nombre de la obra: Iris Deseo, por la que preguntaba siempre que nos encontrábamos y que anoche en el café prometí mostrarle, “mañana en mi casa –le dije–, pero pregunta por Lucy a la señora que abre la puerta de la calle, haz como que buscas a Lucy para que no haya bronca…”
Sí, algo andaba mal y lo supe al instante en que traté de suspender la guerra que libraba con un viento agitado que traía cosas invisibles y movía las cortinas que después se enganchaban por completo a las aristas de las puertas mal pintadas del balcón… mis movimientos infructuosos terminaron por romper algunas partes débiles de las cortinas. Lucy se había ido a trabajar y yo me quedé a desayunarme la preciada botella de wisky caro que había sobrado de anoche para después irme a dar clase a la academia. Llevaba bebida casi la mitad cuando una voz me llamó desde la pared junto a la puerta… Nunca supe qué había pasado con el trabajo que Lucy había hecho con su trapo mojado sobre las manchas rituales de anoche, quizás borró la imagen sobre la pared o quizás nunca existió, probablemente sólo la imaginé o la aluciné por la fuerza de mi deseo, volteé pero no alcancé a ver la pared, sólo estaba Iris Deseo, ahí, de pie, con su sonrisa sincera y con su bolsita ridícula que procedió a aventar encima del colchón cuando vio las partituras de mi obra regadas por el suelo, las levantó, algo dijo y comenzó a caminar hacia mí, yo estaba aún luchando por desatorar las cortinas y trabar las puertas del balcón para que no fueran azotadas por el viento, cuando, de un movimiento y al ver que se me acercaba, sin pensar, con una mano la tomé del talle y apreté fuerte su delicada cintura mientras con la otra acariciaba su ombligo y lentamente bajaba a su vientre, ella reclamó tal atrevimiento pero se asomó por el balcón y preguntó con extrema premura y de esa manera debilitada que expresa ese tipo de excitación que quita el aire y hace terminar las frases con sonidos guturales que despiertan de inmediato los deseos más perversos si Lucy no llegaría y si yo no iba a ir a trabajar… Le contesté que no de la misma manera gutural involuntaria, preso ya de una excitación que me irradiaba todo el cuerpo, y ya estábamos encima del colchón… Hicimos el amor de todas las formas y como desesperados, como necesitados en extremo, como enfermos de sexo, como locos de sexo, con una pasión superior, sucia, perversa pero divina, que iba más allá de lo físico, que potencializó y mezcló sus sentidos con los míos, llegando a momentos efímeros pero eternos donde casi nos consumimos, donde expandimos el tiempo y pasamos por zonas orgásmicas imposibles, sudando y viviendo al límite de la combustión espontánea… Iris, Iris Deseo… Nuestro último orgasmo, como nunca, y por instantes parecía eterno, mojándolo todo, inundándolo todo… y haciéndonos perder por completo la razón…

Estuvimos horas sentados frente a frente hasta que el placer fue dejándole su lugar a la angustia… que resultó en igual proporción al placer. Y con la razón por completo perdida. Todo estaba mojado y tuve que gastarme los rollos de papel higiénico de la semana en limpiar nuestros fluidos regados, limpiamos y limpiamos y parecía ser, así con la razón perdida por completo, que nunca acabaríamos de limpiar esa traición, ese juego sucio que el destino nos había jugado… hasta comencé a arrepentirme de no haber ido a trabajar e Iris Deseo por no haber ido a la academia… Cuando Lucy llegó nos encontró ya vestidos pero sin que aún nos volviera la razón, no supo qué pensar, vio a esa prodigiosa mujer con terror en los ojos y tampoco supo qué decir en unos quince minutos más… Iris Deseo rompió el hielo de la escena y le dijo que la buscaba a ella pero ya era tarde para la mentira, un bulto colosal de papel higiénico nos delataba… Lucy se largó no sin antes ser objeto de nuestra compulsiva limpieza y estúpidos balbuceos, producto de nuestro extremo arrebato… estábamos como idos, muertos de cansancio pero con un placer inmenso todavía dibujado en nuestros rostros a pesar de la angustia… hasta nos terminamos la botella de wisky caro y le ofrecimos a la pared el resto… Lucy me abandonó y no recuerdo cuándo se quedó para siempre Iris Deseo, tampoco recuerdo cuánto tiempo más estuve limpiando el cuarto, cuántas veces limpié el mismo lugar y cuántas veces el mismo objeto, no recuerdo cuántas veces volvía a aparecer semen y fluidos por todos lados y cuántas veces volví a vivir esos orgasmos que iban minando mi vida, tampoco recuerdo cuántas vueltas di a la pila de los lavaderos para mojar trapos y más trapos para quitarme de encima a Iris Deseo, antes de que me matara de placer, pero después de un largo tiempo, sobre todo cuando el hambre comenzó a aniquilarme, una noche, después de uno de esos salvajes arrebatos, dejé que Iris Deseo se abstrajera con mis partituras y lentamente me fui acercando a la salida con las llaves en el pantalón, salí del cuarto y le eché cerrojo a la puerta, crucé la azotea, bajé las escaleras, abrí la puerta de la calle y salí corriendo lo más rápido que pude para no oír los gritos de amor ni los chingaos ni los carajos que Iris Deseo vociferaba desde el balcón con puertas mal pintadas y rebabas y cortinas raídas que se mecían con el viento… Compré una botella de ron que para mí significaba demonios más previsibles y al llegar a una esquina de paredes con rostros que emergían como un oscuro advenimiento, contemplé en el piso la posibilidad de cerrar el telón de esta historia y terminar por fin mi partitura al estilo de Cortázar y su Casa Tomada: tiré las llaves del cuarto a una alcantarilla que manaba vaho, ya era invierno y no fuera ser que a algún infortunado músico loco como yo se le ocurriera ir a meterse a ese cuarto… y con Iris Deseo ahí…
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