
colección de cuentos escombristas
iris deseo y otros relatos
deneck inzunza romero
estrialuz, méxico, 2004.
MOMENTOS GLORIOSOS
“Los políticos (…) no son más ni menos corruptos
que las sociedades en las que actúan”.
Mendoza/Montaner/Vargas Llosa
Llegamos a la plaza y pudimos observar que no había mucha gente y que los trabajadores estaban aún instalando la tarima no obstante faltaban escasos diez minutos para empezar con el acto de campaña. Otros técnicos probaban el deficiente sonido y me enteré que el presidente del comité municipal del partido no aparecía desde un día anterior cuando lo vieron entrar a un prostíbulo de mala muerte. Vi que un reportero y un camarógrafo estaban sentados en el escalón de la calle y parecían aburridos. Al principio me causó risa la escena, tal vez por representar un cuadro triste, pero cuando el reportero comenzó a hacer algunas anotaciones en su libreta me preocupé y concluí que la falta de gente y organización podrían ser un factor de descrédito en la lucha electoral por que no se nos cancelara el registro en esa campaña por la presidencia del país, así que le ordené a mi comitiva que se coordinara con los que aparecieran del comité municipal del partido y el delegado estatal que venía atrás de mí en otro carro para que fueran a traer acarreados y que anunciaran que el evento estaba agendado para las seis de la tarde en lugar de las cinco, que le dieran velocidad a la instalación del escenario improvisado, que fueran a buscar al presidente del comité municipal para que le anunciaran que estaba destituido y que nombraran al primero que quisiera el cargo. Después me bajé de la Suburban y fui a meterme a las oficinas del comité municipal para pasar el tiempo escondido del único reportero que estaba en el postergado acto proselitista (acción que por cierto resultaba paranoica porque el reportero no se había dado cuenta siquiera que estábamos ahí). Pedí que un mandadero fuera por cervezas para el delegado y para mí, y por refrescos para los guaruras de ambos. Por lo menos tuvimos tiempo de preparar un discurso que ni siquiera habíamos hecho. Ese día el evento inició a las seis cuarenta de la tarde y hubo que ofrecer cervezas, cigarros, tortas, refrescos y algunas despensas (a las que mi comitiva tuvo que arrancarles los logotipos de otro partido que se descuidó) para que la gente fuera a la plaza.
Ahora, tantos años después y cuando las cosas han cambiado de una manera impensable en mi vida, recuerdo esta fecha y este evento en particular como muchos otros que se quedan grabados en la memoria por las situaciones que después se desencadenaron. Hay momentos que perduran en el recuerdo y no siempre son eventos importantes o parte aguas, por ejemplo, ese día del que hago mención no era inicio de campaña, ni cierre ni una plaza importante, era un día como cualquier otro en uno de esos pueblos como muchos y tan sólo se me ha quedado grabado en la memoria sin jugar a la trascendencia. No quisiera hacer un compendio histórico o escribir mis memorias, soy muy egoísta incluso para compartir mis recuerdos con los demás, sólo me gusta recordar y punto, para mí, para evocar tiempos idos tal y como fueron, sin ponerles maquillaje, sin disfrazarlos u omitir datos, porque a los demás, la historia oficial de mi vida que se escribió (según eso porque soy una figura reconocida), les arrojará vivencias completamente tergiversadas, datos falsos y alabanzas absurdas que hasta a mí me dan risa. Tampoco me importa que a los demás se les engañe, que crean lo que quieran, siempre han creído lo que otros han querido que crean, la gente siempre se ha creído todas las barbaridades que los sectores oficiales han escrito y han presentado como la historia del país, y aquí se hace necesario recordar una frase que dice: “la historia la escriben los triunfadores”. Yo sólo quiero recordar para satisfacerme el ego, para emocionarme con las venganzas que la vida y las circunstancias ofrecieron a mi favor, para seguir, como en antaño, pasándomela bien… Pues sí, amigo, su vista no le falló, acertó, soy ese Manuel López-Islas que usted conoce, este lugar es mi negocio y usted se va a convertir en mi cómplice porque tengo ganas de recordar y de que alguien me escuche, no por compartir, sino porque hoy tengo ganas de recordar y ser escuchado… Sólo escuche, disfrute de la bebida, que hoy corre por mi cuenta, y cuando salga de aquí siga creyéndose lo que la historia oficial escribió, eche a andar la maquinaria mental de la negación producto de su educación manipulada cuando sienta que se le ha engañado toda la vida.
Nos la pasábamos bien aunque en ocasiones nos deprimían los eventos multitudinarios de los partidos fuertes, pero unas cuantas cervezas, copas de tequila, ron o coñac nos aterrizaban en nuestra deplorable realidad de partido débil y satélite del mejor postor de los otros, y unas cuantas copas más de las debidas nos hacían volar por sueños de alcohol (así me presentaba en público a dar mis discursos, porque había veces que sólo así me creía lo que decía). Pero casi siempre nos la pasábamos bien porque nos centrábamos en lo que éramos y el cinismo ya se había vuelto parte de nuestras vidas. Sabíamos que no teníamos nada qué perder (y que no íbamos a ganar –siempre ganaba el partido en el poder, era una dictadura de partido, con disciplina y procedimientos que durante décadas les habían asegurado la presidencia y la mayoría de los puestos de elección popular del país–), y entonces el lema no escrito e interno de campaña era pasársela bien. Éramos un partido más entre otros que lo único para lo que sirven es para legitimar el triunfo asegurado del partido en el poder, para disfrazar la dictadura y maquillar de proceso democrático el mero trámite. La diferencia de nuestro partido con respecto a los otros de oposición al régimen eran las fuerzas. Había dos partidos fuertes que le daban más “batalla” al partido en el poder y habíamos seis partidos débiles que les servíamos de satélites tanto al que estaba en el poder como a los otros dos fuertes. Con un poco de trabajo y un mucho de negociaciones (que siempre se llevaban a cabo en restaurantes, salones y casas de campaña lujosas y terminaban en bares de diversas calidades) para hacer alianzas (siempre ventajosas para un partido fuerte), obteníamos los votos por porcentaje necesarios para conservar el registro y poder seguir viviendo del presupuesto de la nación. Y como por ley había que acabarse ese presupuesto millonario del partido dentro del ejercicio de cierto tiempo, los miembros de la cúpula dirigente vivíamos con lujos excesivos aunque con remordimientos que siempre olvidábamos cuando teníamos que organizar otra campaña electoral.
Cuando me afilié al partido, hace ya muchos años (fue una “puntada de borracho” en mi juventud cuando estudiante) siempre había estado de alguna u otra forma relacionado con la cúpula dirigente, donde tenía un tío delegado del partido que siempre fue como un modelo en la familia, no por sus ideas en pro de la nación, sino porque tenía mucha lana y vivía como rey, era el único de la familia que había logrado hacerse rico, de hecho, él apoyaba a los sobrinos en sus estudios, entre ellos yo. Tiempo después, cuando acabé la carrera, por designación de mi tío, fui candidato a diputaciones que, por razones obvias, nunca gané, pero que fueron sembrando la necesidad de recompensar mi compromiso y talento. Así, durante algunos años de preparación y carrera política, en donde se destacan otras dos candidaturas a diputaciones, una a la presidencia municipal de mi ciudad natal y otra al gobierno del estado, estuve escalando posiciones dentro del esquema piramidal y burocrático del partido, hasta que a mi tío, en ese momento presidente del comité nacional, se le ocurrió retirarse y nombrarme sucesor, eso sí, con el apoyo de las bases. Fui presidente del partido seis años hasta que hubo que nombrar un interino porque se me distinguió con el nombramiento de candidato a la presidencia del país, de hecho lo fui dos veces, en dos procesos electorales seguidos. En esta etapa del partido sí hubo que ponerse a trabajar un poco más porque en ambas designaciones me negué a declinar por otro candidato de los partidos fuertes y por lo tanto nos comenzó a preocupar el registro. Como político me distingo por ser buen orador y saber descalificar a los contrincantes con información que se logra a través de los años metido en la política subterránea del país, por lo que pulí, junto con mi equipo de asesores, esa característica ácida y recalcitrante, tozuda e irreverente, lo que nos hizo ganar algunos más partidarios entre la población votante que estaba indecisa. En la primera elección tuvimos un 2.1% de preferencia, en la segunda subimos un poco, 2.3%, aunque hubiéramos subido más de no ser porque otro candidato de partido débil utilizó mis propias técnicas en mi contra y “me quemó” en la recta final de la campaña: Fue un caso sonado que no podría ni siquiera recordarlo, estaba ahogado de borracho cuando unos locos, que no dudo fueran paleros del otro candidato, iniciaron el conflicto en aquel burdel caro de la capital del país… Se habló de las putas de lujo, del alcohol, de los excesos, de las licencias del antro, del despilfarro de recursos presupuestales de la nación, de los balazos, y quisieron, además, relacionar el caso con drogas. Claro está que yo debía lavar mi nombre a como diera lugar y ese fue el objetivo de las cuatro demandas por diversos delitos que le levanté al otro candidato de partido débil, las cuales hice por procedimientos normales en las instancias de competencia, pero con un factor a mi favor: los medios de comunicación presentes e inclinando la balanza hacia mí como víctima de difamaciones después de repartir unos cuantos billetes entre reporteros corruptos (por ley nos teníamos que acabar el presupuesto, así que había que invertir lo que sobró). Hubiera costado más trabajo lavar mi nombre y el del partido de no ser porque la noche de los hechos en el burdel en cuestión había grandes personalidades de la vida política del país y una figura de lo más importante del partido en el poder y que también fueron reconocidos e involucrados. Esta gente pesada de la administración pública y del partido en el poder se me acercaron para darle juntos la batalla al imbécil que había tratado de desgraciar mi carrera política, de paso me reclamaron que para qué hacía tanto ruido si ellos iban a apoyarme para tapar todo. Y me apoyaron ante la opinión pública resaltando mi integridad no obstante yo era su adversario político (ya fuera de declaraciones ante los medios y en reuniones privadas, reconocieron mi carrera política y más de una vez expresaron que yo les convenía más dentro que fuera). Ese fue el primer contacto de muchos que vendrían en unos meses con el partido en el poder. Sale sobrando comentar (incluso recordar) que la maquinaria del sistema se echó a andar y borró todo suceso que pudiera empañar a los actores de esa noche en un burdel lujoso de la capital, que por cierto sigue funcionando con notable éxito y ampliaciones. Del causante de los hechos (al que ahora debería agradecerle un cambio radical en mi vida), el candidato de uno de los otros partidos débiles que quiso “quemarme”, ya no se supo más… Hay voces (oficiales) que rumoran que se encuentra en el extranjero, que huyó del país después de un fraude, y otras (populares) que aseguran que fue su cuerpo el descubierto completamente desfigurado en un hotelucho de quinta y que se le cargó a un asesino de cuarta sin que se haya procedido a identificarlo. Como haya sido: se equivocó al tratar de destruir mi carrera política porque entre las patas por poco se lleva a autoridades federales y gente pesada del partido en el poder.
Mis reuniones privadas con las autoridades del partido en el poder continuaron cerca de once meses después de los sucesos que nos hicieron coincidir (la historia que se escribe desde el sector oficial habla de estos sucesos como gloriosos, históricos y reivindicadores de los valores sociales y políticos del país). El sexenio apenas comenzaba y en mi partido se había dado inicio a un plan estratégico de rutina para las elecciones federales que renovarían congresos locales, pero los rumores sobre mi salida para integrarme al partido en el poder cobraron fuerza y mi partido sufrió escisiones. Mis demás adversarios políticos (los dirigentes y candidatos de los otros partidos débiles y los dos fuertes) aseguraron que eso era lo que yo buscaba, la fractura, y se los fue a confirmar el hecho de que la cúpula dirigente de mi partido (quienes éramos dueños del partido) se fusionó al partido en el poder, dejando fuera y sin partido político a los disidentes (que eran la inmensa mayoría, las bases). Está de más decir que la historia oficial que se escribe hablará de esta fusión como gloriosa, histórica, reivindicadora de los… etc.
Durante algún tiempo me enfrasqué en buscar la razón política de enaltecer estos acontecimientos que, a la vista de la lógica y los actores políticos del país, sólo nos benefició a unos pocos, a los que fuimos la cúpula dirigente del extinto partido débil. Por ningún lado que se le buscara se podían encontrar beneficios para el partido en el poder, al contrario, más que beneficios, la exterminación de un partido débil y nuestra inserción en el partido en el poder parecía traerle a éste críticas para mal por cuestiones ideológicas. No veía beneficios de la fusión para mi nuevo partido y por eso buscaba la razón que forzosamente le daba dividendos políticos. No había de otra: el partido en el poder no hubiera hecho algo si no fuera a recibir exponenciales beneficios por ello. Así se manejaba, así se había manejado toda su historia y yo lo sabía bien porque durante años los investigué para atacarlos desde la oposición, por lo tanto, la invitación para que me uniera a sus filas tenía que reportarles ganancias tarde o temprano.
En las elecciones federales para renovar congresos locales que sucedieron dos años después de que yo ingresé al partido en el poder, mi militancia se había reducido a un puesto dependiente de la secretaría general, por lo que no participé como candidato, pero pude tener en mis manos los resultados reales de la votación una vez terminadas las elecciones federales. El partido en el poder había perdido la mayoría en casi todos los congresos locales y no había podido ganar más que 103 de las 609 presidencias municipales en juego, pero había echado a andar su maquinaria y, mediante pantagruélico fraude, recobró la mayoría en los congresos locales y pudo disfrazar la estafa para quedarse con 487 presidencias municipales de las 609 referidas. A pesar de todo el mecanismo implementado para no morir, los resultados oficiales (que no pudieron maquillar más) arrojaban un retroceso en preferencia electoral del partido en el poder. Se convocó a una reunión privada y con carácter de urgente donde se leyeron las cifras reales y las oficiales a parte de los dirigentes del partido, después se convocó a otra reunión donde se leyeron los resultados oficiales a otra parte de la base administrativa, y, por último, uno a uno los dependientes directos de la secretaría general fuimos llamados a la oficina del secretario general del partido. Una vez ahí, sabiendo que yo conocía tanto unas como otras de las cifras que arrojaron los resultados de la elección federal, el secretario general me dijo (intento que sea textualmente): “Perdimos las elecciones presidenciales pasadas (dos años antes), pero pusimos en marcha la maquinaria y nos salvó la compra del candidato de la oposición que ganó y la maquillada de boletas electorales que orquestamos. Las elecciones de hace ocho años apenas las ganamos con 3 ó 4 puntos porcentuales de diferencia, pero también las maquillamos para que pareciera un triunfo inobjetable. De seguir así, vamos a perder las próximas elecciones presidenciales en cuatro años, es un hecho, la tendencia está eliminándonos, tenemos que hacer algo, renovarnos, cambiar procesos, lograr alianzas, convencer a algunos miembros poderosos de que dejen de robar tan descaradamente y a otros que cuiden que sus nexos con el crimen organizado dejen de ser del dominio público, debemos hacer algo y pronto para poder conservar el poder, y tiene que ser algo contundente porque, si seguimos así, en cuatro o diez años no habrá maquinaria de fraude electoral que nos salve de quedarnos sin trabajo o de que estalle una lucha con sangre… Hay un programa estratégico en marcha, pero requiere de más tiempo; tú eres de fiar, échale un ojo”. Y yo le eché el ojo… Ahí encontré los beneficios contundentes que arrojaría en unos nueve años y medio (aproximadamente, a partir de esa reunión) mi nueva militancia al partido en el poder.
Cambié mi forma de conducirme (de manera intencionada y siempre a mi conveniencia, claro está) aunque nunca imaginé hacerlo, pero lo hice porque lo que venía me exigía disciplina. El secretario general del partido, siguiendo al pie de la letra sus planes de salvación, dejó que los viejos jerarcas nombraran una vez más (según esto con el apoyo de las bases, como siempre pasaba) al próximo candidato presidencial. Cuatro años después el partido en el poder perdió rotundamente las elecciones presidenciales, pero ya se había implementado unos años antes (dos) un nuevo sistema de fraude electoral y se puso en marcha con magníficos resultados. El partido en el poder siguió en el poder, pero perdió gran número de diputaciones y senadurías, gobernaturas y alcaldías, y también gran número de simpatizantes. El partido conservaba el poder aunque le había costado gran esfuerzo (nos había costado) tratar de legitimarse, sin conseguirlo del todo. El secretario general del partido y el pleno de la dirigencia nacional le pasaron la factura de la mala elección del candidato a los viejos jerarcas del partido, por lo que se les restó poder los primeros años del sexenio y terminaron por quitárselos del todo antes de los cuatro años de gobierno del presidente en turno. La dirigencia nacional les hizo ver a esos jerarcas (ahora desposeídos) que ellos eran los culpables del declive del partido, por lo que en ese momento sólo restaba avisarles que la selección del próximo candidato sería por parte del pleno de la dirigencia nacional, sin intervención de ellos ni del presidente (que era de ellos).
Tres años antes de esas elecciones presidenciales y de otros puestos de elección popular (un año después de mi reunión privada con el secretario general) me ofrecieron la gobernatura de un estado que yo ni conocía, para lo que se consiguió documentación falsa que acreditaba que vivía ahí desde hacía quince años. Salí electo (claro está) como gobernador con el fin de destrabar “los candados” que ponía el partido para lo que venía. Cumplí cuatro años de gobierno (pero, cuál gobierno) y me pidieron que regresara a mi antiguo puesto dependiente de la secretaría general para hacerme cargo de unos asuntos con vistas a las elecciones presidenciales que vendrían dentro de cinco años. El partido en el poder ya no podría maquillar el fraude descarado que sería necesario implementar en esas próximas elecciones, por lo que se iba a poner, urgentemente, en marcha la última fase del plan estratégico (al que le “eché el ojo”) que había arrancado cinco años antes (oficialmente, aunque todos sabíamos que había arrancado como buena puntada después del suceso aquel del burdel que nos unió).El discurso del partido durante cuatro años y medio antes de las elecciones presidenciales fue de renovación, reestructuración, reinvención, de cambio, de limpieza interna, de nuevo enfoque de ideas, incluso se pensó en cambiarle de nombre pero se desechó la idea por el poco tiempo que se tenía para posicionar un posible nuevo denominativo e imagen. Un año antes de las elecciones presidenciales, el partido dio su golpe más fuerte: El discurso había evolucionado sobre las mismas bases de renovación, por lo que se anunció durante mes y medio que el candidato a la presidencia del país sería alguien con sangre fresca e ideas diversas y consensadas… El candidato no sería un tapado ni un recalcitrante partidista, sino alguien que viniera de las luchas sociales y representara los valores e ideales de todos los sectores, incluyendo a la oposición. Diez meses antes de las elecciones el partido convocó a todos los medios de comunicación en cadena nacional para dar a conocer a su candidato presidencial. En una ceremonia que se prolongó cuatro horas antes del suceso esperado, los dirigentes del partido hablaron de los triunfos de la renovación: “Por primera vez en la historia el presidente del país no elige a su sucesor”, dijo el secretario general del partido. “No conocemos quién será el candidato, se nos pidió estar al margen y hemos respetado esa decisión que es también una forma de respeto para el país”, aseguraron quienes antes, por herencia y tradición, escogían al candidato. “No cabe la menor duda que esta es una designación correcta, el candidato representará a todos los sectores sociales y productivos del país, incluso hasta a la oposición”, expresaron con gran convencimiento los líderes de sectores del partido. “No soy yo”, dijeron todos los recalcitrantes partidistas que sonaban como probables presidenciables. Éstas entre otra serie interminable de barbaridades y discursos lava cabezas. Durante la transmisión del evento se estrenaron promocionales propagandísticos del partido en televisión y radio y para el día siguiente de la presentación del candidato comenzaría la promoción en otros medios.
Llegó el momento: El secretario general del partido (fue nombrado secretario vitalicio en esa misma ceremonia después de dar su discurso y presentar al candidato) comenzó su discurso y el silencio invadió a los presentes (seguramente a toda la nación): “Prometimos renovarnos y cumplimos, prometimos que nuestro candidato no sería un tapado ni un recalcitrante partidista, sino alguien que viniera de las luchas sociales y representara los valores e ideales de todos los sectores sociales del país, incluyendo a la oposición… y ¡cumplimos!… –elogió al partido y garantizó el cambio del mismo con pruebas–… y la prueba más contundente es esta designación de candidato a la presidencia del país, y no cabe la menor duda que esta es una designación correcta, el candidato representará a todos los sectores sociales y productivos del país, incluso hasta a la oposición, a la que hemos invitado a formar una gran alianza nacional por el bienestar… –reconoció los triunfos de la oposición y casi llora cuando hizo la relación política e ideológica de las fuerzas– …Hemos luchado por lo mismo, ¡hermanos nuestros!, pero hemos luchado por separado… ¡Esto se acabó!, ¡ahora somos uno!, ¡ahora estamos unidos en un fin común!, ¡ahora… –pausó para hacer como que enjugaba las lágrimas y contenía el llanto, y en cada pausa estallaban los aplausos– …ahora… ahora estamos tan unidos que lanzamos a un candidato que podría considerarse común a todos nosotros…!”
El secretario general del partido revisó rápidamente con la vista a todos los elementos de logística y todos le hicieron la señal de que era el momento adecuado. Se secó el sudor, tomó postura de afectado emocionalmente y después levantó la vista hacia el público y las cámaras de televisión. “Estimado público… –dijo solemnemente ensayando la voz gutural que había ensayado meses antes para después hacer una ligera pausa y retomar su voz segura y ronca–… Muy estimado pueblo, querido país, hermanas y hermanos: ... Les presento al candidato del partido, al candidato del pueblo, al candidato de todos los sectores, al candidato del país entero… Su carrera política ha sido en extremo brillante, ¡dentro de la oposición! –recalcó con sus manos indicando el lugar del público donde estaban los dirigentes de los partidos de oposición invitados a la ceremonia–, cuenta con una trayectoria honesta e íntegra que la misma oposición nos lo puede comprobar, ha denunciado y luchado contra los vicios del sistema y fue invitado a militar en este partido precisamente para que, con su visión externa, colaborara en el cambio del mismo. Su calidad moral y humana se hizo notar desde el primer día, por ello, consultando a las bases y haciendo una elección interna limpia, el partido designa como candidato a la presidencia del país al Señor Licenciado… ¡Al Señor Licenciado Manuel López-Islas!…” El público rompió en aplausos (más estruendosos que los anteriores) no sé si porque ya estaban hasta la madre de tanto esperar o porque de esa forma se detenía el discurso. Salí de detrás de la escenografía puesta en el patio central del edificio del partido (tal y como el guión lo marcaba) y vi que toda la gente estaba de pie y aplaudiendo. Traía mi traje negro más caro, camisa y corbata gris, la camisa de un tono más claro que la corbata (también las más caras). Recordé cómo en ocasiones los actos de campaña de los partidos fuertes que convocaban a miles de personas me deprimían, pero ese día sentí el poder y el gusto de la venganza, prácticamente les había dado en su madre a todos… Yo, Manuel López-Islas, era el candidato a la presidencia del país, pero ahora sí me emocionaba, no como las otras dos veces que había sido por el partido débil que comandé en el pasado… ¡No, pero qué carajos!, ¡ese día sí estaba emocionado!. Después de pasearme por el escenario y saludar estúpidamente a todos los asistentes y a las cámaras de televisión, me acerqué al micrófono para dar mi discurso y tomar protesta… ¡Por supuesto que estaba borracho para creerme lo que iba a decir!… “Sí…, ¡protesto!”, dije para sellar la noche.
Por unos momentos (durante algunos minutos de insomnio por las noches) pensé que ahora sí venía el trabajo duro de campaña, que las barbaridades que hacía en el pasado, cuando no tenía nada qué perder y sabía que no iba a ganar, ya no podrían ser. Hasta pensé en tomar menos, pero esa buena intención me la quité (y para esto me ayudó una comitiva impresionante del partido) la noche misma de la toma de protesta, ya que nos fuimos, cuando acabó la farsa, a celebrar a ese burdel que solía visitar y que de alguna forma nos había unido a los dirigentes del partido en el poder y a mí. Y fue por eso, por lo significativo, que años después lo compré (sí, amigo, es este lugar donde está usted sentado tomándose unas copas y esperando una chica… Los sexenios terminan y uno se hace viejo, y lo mejor es asegurarse una actividad que a uno le agrade). Durante los dos meses que duró el proceso de planeación de campaña seguí bebiendo y llevando una vida disipada porque, realmente, no había mucho qué hacer, ya todo lo habíamos preparado con gran antelación. Pero después, cuando arrancó la campaña y comenzó el trabajo fuerte, las cosas cambiaron… los primeros dos meses. La opinión pública había recobrado la confianza en el partido en el poder y los partidos débiles se habían sumado, todos, a mi campaña. Uno de los partidos fuertes de oposición mostró incredulidad y se enfrascó en una serie de descalificaciones en nuestra contra, pero la misma opinión pública, muchos de sus propios simpatizantes y el grueso de los analistas políticos mostraron sus desacuerdos con la postura intransigente del partido en cuestión, por lo que lo marginaron. Dos meses después estaba en la fractura total y había renunciado a participar en la elección. El otro partido fuerte de oposición también dudó de la transparencia de nuestras intenciones, pero esperó pacientemente antes de dar a conocer su postura. Al conocer lo que sucedió con el otro partido de oposición mejor se guardó su postura inicial (contraria a la nuestra) y reconoció la posibilidad de mi triunfo, pero no se retiró, nombró un candidato y siguió la batalla (el candidato de este partido, por consenso del mismo, quince días antes de las elecciones declinó a mi favor –ese partido y su candidato sabían que incluso podían hasta perder el registro, por lo que se vendieron por un porcentaje y algunas diputaciones–).
Cuatro meses antes de las elecciones sabía que mi triunfo era inobjetable, aunque en realidad eso era más que pronosticable después de todo el espectáculo armado con casi diez años de anticipación. No podía fallar, la tenía segura, segurísima (y sin necesidad de preparar la maquinaria del fraude electoral), por eso el trabajo duro nunca llegó. Mi destino estaba marcado: En el pasado, en un partido débil, no tenía qué perder y sabía que no iba a ganar, por eso siempre busqué pasármela bien. Ahora, en el partido en el poder, no tenía algo más qué ganar y sabía que no iba a perder, así que el lema oculto de campaña fue pasársela bien… Y nos la pasamos bien, incluso después de mi triunfo arrasador en las elecciones (claro está, ya no había contrincantes), ya que la celebración duró los cinco meses restantes. Nos la pasamos bien porque nos centramos en lo que éramos: el partido en el poder que había estructurado un plan maravilloso para recuperar la legitimidad… y todo mundo se la creyó. Nos la pasamos tan bien que nadie nos curaba la cruda para ir al cambio de poderes, ni los sueros ni la señora gorda de la menudería que tenía mejor prestigio que muchos médicos para curar dicho padecimiento, por lo que decidí retomar la borrachera para creerme todo lo que tenía que decir. Llevaba un traje negro con camisa blanca y corbata marrón manchadas con el desayuno picoso en un mercado popular (manchadas de menudo curativo), pero la banda presidencial ocultó este pequeño detalle que nadie notó, y, si alguien lo hizo, calló o no quiso darse cuenta (de hecho, el asunto del desayuno en un mercado popular fue publicitado como un acto de cercanía con el pueblo y humildad, pero la realidad fue que desayunamos ahí porque estábamos crudísimos, veníamos del burdel y ya sabíamos que la señora gorda del menudo abría desde muy temprano… Ahí mismo conseguimos cerveza y nos fuimos a lo que había sido la casa de campaña a seguirla mientras se acercaba la hora de ir al cambio de poderes… Está de más decir que ya no alcancé a cambiarme de ropa, aunque debo de aclararle, amigo, que sí me había bañado y afeitado en el burdel)… Tenía la banda presidencial cruzándome el pecho y a todos los presentes aplaudiéndome, alabándome, y fue un momento glorioso… Yo, el Licenciado Manuel López-Islas, era el nuevo presidente del país (ahora sí y no me la creía, sólo estando ebrio), el presidente del cambio y la esperanza, y bien podían perdonárseme detalles insignificantes y mi estado inconveniente (que no terminó ese día, sino que se prolongó todo el sexenio). Yo fui el presidente que representaba a todos los sectores sociales y que provenía de las luchas de la oposición (y un cúmulo más grande de calificativos falaces para legitimar mi gobierno y al partido en el poder). Bien podía perdonárseme alguno que otro error, alguna que otra cuenta gorda en el extranjero, alguno que otro adversario desaparecido, total, la historia oficial que se escribe para dar a conocer el desarrollo del país a las futuras generaciones, hablará de ese momento (y de todo mi sexenio) como glorioso, histórico, reivindicador de los valores sociales y políticos del país…
DENECK INZUNZA ROMERO
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Diseño de portada: Miguel Jasso - Inzunza.


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