ROSAS VIVASDENECK INZUNZA ROMERO
ESTRIALUZ, MÉXICO, 2000
Diseño de portada y gráficos:
María Bárbara López Mosqueda
ROSAS VIVAS
La pared se cae, veneno.
Sofocado inicia descenso y vivo,
aunado con la tierra, entredicho.
Había siete volcanes, descanso.
Nubes tóxicas en fuertes vientos,
cabizbajo al sótano cantaba,
en la zona cuatro corría asustado,
siente en siente el metal
y la fría sangre manchaba su mano.

ROSAS VIVAS
I
–Estas malpasadas nos van a matar, Cuñao– dijo Jesús dirigiéndose hacia mí al momento de patear y esparcir por el suelo (lleno de polvo, papeles y restos de cigarros) las botellas de cerveza y tequila barato de las noches anteriores–. Y, por si fuera poco tanta mierda, observa el panorama...– me indicaba los bultos entre las cobijas de nuestros compañeros de cuarto–. Todos son una bola de imbéciles que no saben ser personas. Es terriblemente deprimente, Cuñao, vivir con estos cabrones.
Jesús regresó a su cama (si a eso se le podía llamar cama), encendió un cigarro y se lo desayunó clavándose en un divague. Después lo lanzó por el balcón y se incorporó.
–No hay ni madres en la despensa, Cuñao; como siempre. Habrá que ir con Gaby a desayunar. Y tú, ¿qué carajos vas a hacer?– me preguntó Jesús.
–Iré con la vecina, es una señora muy buena gente; le he dicho que me prepare los alimentos por una cuota adecuada a mi economía y a la suya– le contesté.
No había podido levantarme aún. El frío, el hambre y la cruda me ataban a la cama; sobre todo el frío. El invierno se hacía más cruel en aquel cuarto oscuro y agrietado de la planta alta de una casona vieja y por derrumbarse donde vivíamos hacía unos meses. Estábamos seis en el cuarto (semejante a una caja de zapatos gigante), cabíamos perfectamente, cada quien en su cama y con las cosas en las maletas (no había clóset ni cajones). Cuando comenzamos a deambular por el país algunos años atrás y por razones que el destino se reserva como informes de la necesidad y la búsqueda, como buenos y empedernidos apátridas buscamos un lugar donde radicar cuando llegamos a esta ciudad hacía varios meses (aunque el carácter errabundo y nuestra fatal forma de vida nos inspiraban un lugar al cual llegáramos de vez en cuando a desempacar maletas de olvido, emborracharnos y dormir, o para sobrevivir del frío); ese cuarto sucio en un callejón céntrico nos gustó por lo horrible: era barato. Estaba como a unos cinco metros del piso en desnivel del callejón, tenía dos balcones y abajo había una casa destruida, refugio de los viciosos de la callejuela. Entrábamos por un costado de la casona, por una escalinata de unos cuarenta peldaños, ninguno igual a los otros, tan empinada que había que escalarla usando el barandal de metal oxidado que se movía de un lado a otro chocando peligrosamente con los registros y cables eléctricos. De noche era oscura y no había modo de alumbrarla. Nunca sucedió un accidente que conscientemente recuerde a pesar de nuestro modo de vida alcohólico y noctámbulo.
Jesús tomó un chapuzón de agua fría en nuestro exclusivo baño de gélidas características, se preparó para salir y observó nuevamente el panorama sombrío del cuarto:
–Míralos, Cuñao, son una porquería, son una peste estos hijos de la chingada. El único que tiene algo en la cabeza de éstos es Rómulo, y velo; siempre anda clavado en sus traumas y en sus alucines de adolescente que aspira a la gloria en el baloncesto– dijo Jesús a modo de reflexión surgida entre abotonarse la camisa y ponerse un poco de loción robada de algún descuidado, lo dijo casi gritando, como si quisiera despertarlos. Antes de salir se despidió de mí y me hizo señas para que saliera detrás de él.
–¿Irás con Nancy hoy?– me preguntó, afuera, lejos de oídos intrigosos.
–Tal vez, en la tarde.
–Qué tal si nos vemos; ustedes, Gaby y yo, los cuatro...
–Plaza de Armas, a las siete– le dije.
Jesús tomó un respiro, recitó alguna frase de su ominosa filosofía sobre patos o sexo y comenzó el descenso por aquella escalinata de miedo. Se internó en el callejón y desapareció por entre las callejuelas.
Regresé al cuarto donde los bultos de los otros dormían bajo las cobijas. “Salir con Nancy”, pensé; “los cuatro”. No entendía a qué altura de la farsa me encontraba cuando me sumergí en la reflexión: Nancy para todos, Shalom en el desfasamiento para los de confianza, entre ellos yo. Me sentí agobiado como siempre y fui cayendo en el pire. Nancy y yo; o más bien, acentuando la psicología de Nancy, Shalom y yo para sentirme mejor. Me preparé para salir a desayunar, ir a buscar a Nancy, comer juntos y llegar a tiempo a la cita (tal vez), antes de que esa Nancy loca que aprendí a conocer se me convirtiera en la Shalom peligrosamente loca que aún no comprendo.
II
Las calles normalmente me arrojaban las dudas más atroces. Caminando hacia la parada del autobús siempre recordaba que dos de los tres lugares donde Nancy vivía estaban cerca. “¿Dónde carajos está?”. Y regresaba rumbo a Plaza Goytia esperando encontrarla en el boulevard. Ahí, las plazas, edificios, adoquines, esquinas y hasta mis pasos me preguntaban lo de siempre: qué demonios hacia yo ahí, en esa ciudad tan lejos de mis místicas, ahí donde ningún pasado era mío. Jesús me había dicho que algo similar le sucedía en ocasiones; la tierra extraña le hacía sentir extraño, decía. Yo creo que la tierra extraña potencializa tu simbosis y te vas desfasando. Eso era algo de lo que le pasaba a Nancy, estaba muy desfasada, tanto que ya no era Nancy. Shalom no sólo había cambiado de tierras, sino que en una sola tenía varios lugares para rotar su existencia y eso potencializaba más sus desvíos. Y yo me preguntaba, en medio de la angustia y el desequilibrio, el alcohol y la mística desfasada, ¿qué hacía yo ahí buscando la compañía de una chica igual de desfasada y un poco más enferma de la mente que yo?; y empezaba a suponer un plan de escape, porque ahí nunca encontré una tierra para la fuga, y hasta la nostalgia se desfasaba y caía a kilómetros de donde debía; tal vez era la inquietud de tomar carretera sin rumbo como en antaño, y esa inquietud era lo único que me profería cierta paciencia para afrontar el dilema: Sabía que tarde o temprano mi espíritu de tránsfuga me haría huir de esta ciudad, y acabaría haciendo la fuga como siempre sucedía cuando la situación era insostenible.
III
–Me imagino que salió a buscarlo, joven; se veía feliz y llevaba ropa elegante; dijo que era un día estupendo, me dio un apretón de manos y se marchó– me dijo en tono de franco chisme la portera del edificio del boulevard.
Salí de edificio y la calle me gritaba algunas sentencias que debía discurrir mientras vagaba sin sentido. “Los cuatro”, pensé. Esas famosas salidas de los cuatro siempre terminaban mal. Tal vez porque siempre acabábamos en la discusión, anecdotario fatal o glosario de términos cronológicos de nuestros problemas familiares, económicos y de vivienda. Sobre todo éstos últimos, los del cuarto, porque Jesús y yo vivíamos con una punta de imbéciles ignorantes, retrógrados y sin el más mínimo valor humano, vivíamos con tipos que eran de lo peor. Jesús siempre terminaba diciendo que acabaría matándolos, lanzándolos o largándose a otro lugar. Yo compartía el sentimiento de Jesús, pero no me gustaba hablarlo delante de Gaby y Nancy, porque Gaby se disgustaba y Nancy se obsesionaba en demasía, se tomaba como suyo el problema; resultado: se angustiaba y se ponía “neuras”. En general, cuando salíamos los cuatro las reuniones terminaban mal.
Caminé hacia Sierra de Álica con el fin de encontrar a Nancy. Era obvio que si me había ido a buscar, al no encontrarme, iría después al parque donde comúnmente nos veíamos.
El frío comenzaba a hacerse más intenso, se me había ido el día caminando. Caí en la cuenta de que estuve deambulando sin rumbo por horas. Llegué cerca del parque y me detuve en la entrada del bar La Troje; jugué con el vaho que se proyectaba en los cristales de la entrada unos minutos (lo que seguramente los clientes del bar, que a esa hora disfrutaban de café caliente y de bebidas especiales contra el frío, tomaron como uno de los tantos disparates de los que hacíamos y a los que ya teníamos acostumbrados); hacía dos días estuvimos ahí los cuatro, y hacía cinco en el bar La Nueva España. Recuerdo que Nancy se limitaba a asentir con movimientos todas las quejas de Jesús, que, al mismo tiempo y al calor de las copas, yo avalaba. Era alarmante que Nancy no hablara; últimamente estaba tensa y se le veía perdida por momentos. Después estaba lúcida sólo por momentos. Recordé las palabras de la portera de su edificio: “... Se veía feliz y llevaba ropa elegante...”; en definitiva Nancy estaba grave; ella nunca lucía feliz, la portera del edificio no tenía por qué mentirme, Nancy nunca llevaba ropa elegante.
“... Dijo que era un día estupendo...”. En definitiva era absurdo. Nunca hacía un día estupendo en medio de aquel crudo invierno; las mañanas eran frías, sin sol, grises y sombrías, con contrastes cromáticos en las calles; las tardes también (aunque parecían no existir) y las noches eran congelantes, inmersas en el ámbar de las farolas impersonales que acompañaban, mudas y distantes, por la cantera de las avenidas que marcaban los dominios del sendero inconsciente al cuartucho. No encontraba razón para que Nancy dijera semejante disparate. Era un buen día (“estupendo”, para ella, seguramente), pero el primero de esos “días estupendos” ¿en cuántos años?; siempre nos desenvolvíamos en un ambiente deprimente, de filosofías decadentes y soledad.
El alcohol no dejaba pensar con claridad y para entonces, a unas largas horas de la última cerveza, las cosas caían, por desintoxicación temporal, a mis sentidos. Hasta entonces tuve más claridad en mi cabeza e hice un recuento del proceder de Nancy y de todos nosotros. Ahí, sentado en el jardín del parque durante una hora, medité sobre el asunto (antes de necesitar, con urgencia, una cerveza), pero había barreras que no me dejaban ir más allá, a desenmarañar un misterio que acabaría por explotar la consciencia de alguno: el más débil de nosotros, el más golpeado emocionalmente de “los cuatro”. Fue en ese lapso interminable de contemplación cuando el Cuñao Jesús apareció corriendo entre los arbustos, lo primero que me preguntó fue si tenía cervezas y me pidió un cigarro, pero después recordó el objetivo de andar buscándome; algo que extrañamente, conociendo el carácter indiferente del Cuñao Jesús, también le preocupaba: me dijo que Gaby había recibido un mensaje de Nancy.
–Yo no sé dónde está, no la he encontrado, Cuñao– le dije.
–Gaby la ha buscado y tampoco sabe de ella.
–¿Cuál es el mensaje?. ¿Sabes?; ¡me preocupa!– le dije al momento de levantarme y sacudirme del pantalón el pasto quemado por el frío.
–Algo así como que... encontró una razón para tanto andar de un lugar a otro, que se trae una misión... y al final habla sobre unas pinches rosas.
IV
Shalom salió esa mañana vestida elegantemente y con una sonrisa en el rostro. Había ideado la manera de acabar con la otra, la desfasada, y de paso hacerles un favor a los buenos amigos que éramos el Cuñao Jesús y yo para ella y que desde su perspectiva no podían sufrir más que la pobre Nancy atada por su pasado. Sabía que tanto andar de ciudad en ciudad, del boulevard a Guadalupe y de Guadalupe a Los Gavilanes por tantos años, tenía una razón de ser. La misión le fue revelada en los sueños de alcohol tan continuos; al principio se aterró, pero después sólo fueron los nervios clásicos que terminó por dominar.
Después de hablar con la portera de su edificio salió rumbo a casa de Gaby, donde sólo dejó una nota ambigua debajo de la puerta. Caminó errante un par de horas, sintió hambre y decidió comer en el mejor restaurant de la ciudad. Sabía que tenía que hacerlo, y que tenía que disfrutarlo, ya que para eso habría de utilizar los ahorros de meses: para darse un “día estupendo” con los pequeños lujos que son los grandes lujos para el grueso de la población en este país. Ahí estuvo toda la tarde. Recordó lo relevante de su vida: unos instantes; y lo triste (en eso le llevó toda la tarde). Lloró, pero después se alegró al recordar a los buenos amigos, a esos locos errabundos que por momentos (antes de estar borrachos y hablar de los asuntos que les preocupaban) le hacían pasar ratos agradables en los bares, o, como mínimo, en las vinícolas del centro o en el cuartucho de la vieja casona.
Para evitar ser vista en las calles, dejó el restaurant y pasó al hotel contiguo (casualmente frente a Plaza de Armas); ahí pidió que se las trajeran: Rosas frescas, vivas, y, si era posible, con algo de gotitas de agua, semejantes al rocío, semejantes al recuerdo recurrente, como de muy lejos, de niña en el jardín inmenso y maravilloso de aquella hacienda cerca del río.
V
Jesús fue el gran culpable, es el culpable. Él lo propició. Yo sólo cumplo con acompañarlo a bajar las escaleras. Yo también voy cabizbajo, pero voy cantando para levantarle el ánimo al Cuñao Jesús, y él se une a la canción, y la terminamos al descender el último peldaño.
VI
Shalom entró despacio. Ayer en la borrachera que se organizó en el cuartucho sacó un juego de llaves de la bolsa de un pantalón y por eso pudo abrir y entrar despacio. Ya era de noche. Franco estaba saliendo del baño y fue el primero; dos certeras cuchilladas fueron suficientes; se precipitó al suelo con los ojos de asustado y comenzó a desangrarse. Luis salía del cuarto y entraba al vestidor del baño para apurar a Franco y el acero penetró en su cuello cuatro veces. A los dos les dejó una rosa viva del color de la noche. Ángel fue el más estúpido; sentado en su cama vio venir a la chica, pensó que iba a seducirlo como muchas veces lo había soñado y se dio cuenta de su error cuando ya lo estaba matando.
Rómulo se conectó a la realidad cuando Nancy le decía que no venía por él; lo invitó a huir, a correr por su “zona cuatro” de traumada psicología (como decían los buenos amigos). Después ella, invariablemente como un estigma tradicional pero igualmente como un estigma reprobable en la consciencia, sintió el mismo metal extraído de los cajones de su rotar vital, y al paso de unas horas una mancha de sangre fría le cubría la mano.

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